Sólo queda.
Pintar se vuelve búsqueda no ya de otra cosa más que de compañía. Cuando la soledad se violenta hasta el delirio arrasando el hogar, los amigos, el pasado y el presente; cuando se hunde un mundo en medio de ráfagas voraces que aniquilan todo eco de luz, entonces se hace extremadamente necesaria la compañía. Esa compañía que se hace cortejo de guardia surge, se asoma y se extiende a través de operaciones extrañas. Mientras dura la pintura y una vez que se ha terminado un cuadro-papel-nombre. La compañía de las Musas. El trato con el dibujo y una norma estricta, un dibujo que perfila, corta, traza, abre y cierra. Luego el color abraza, separa, funde, vacía y elabora una residencia. Lo hace poco a poco, durante semanas para cada caso. Allí habita una Musa, en y durante esa espera. Ella se deja ver a veces y cada vez va mostrándose más, dando a la obra su beneplácito con su presencia instantánea, fugaz, preciosa. Pero son exigentes y no se las puede siquiera avistar a través de obra sin rigor. Siempre un rigor extremo, silencioso, privado, pleno de pudor y sobretodo solitario. Aquí pintar no es un acto del arte sino un método de supervivencia. Es la útil y sola melodía del cordaje cuando en efecto responde bajo la luz vacía –que aún nos llama- con un tiempo. Esa guardia que simplemente salva de la locura, de la entera locura.
Un Proceso.
Mientras se está pintando, al dilatar o demorar el ejercicio mismo, la pincelada se vuelve lenta, delicada, cuidadosa. En esa demora comienzan a multiplicarse las posibles relaciones entre el dibujo, los colores y la transparencia. La vecindad de dos o más colores, su mezcla en una, dos, tres, “n” capas. Durante ese ejercicio se presenta la Musa. Lo hace en un asomo titubeante, como si deseara ser desapercibida mientras vigila, mientras atisba.
Luego el taller, la cubícula, se va poblando de papeles pintados en distintas etapas de acabamiento. Están desde los recién dibujados en grafito hasta los enmarcados prontos a partir. Están las musas que llegan y las que parten junto a las que permanecen. El taller se encuentra poblado de musas. Veces hay en que son todas la misma, o muchas diferentes para cada pintura. Algunas ya francamente residentes, las más en tránsito. Todas finalmente seguirán en la andada, pero sus huellas no serán olvidadas.
Muchas veces una pintura que está prácticamente lista queda varias semanas a la espera de un último roce, un cierre. Hay otras que concluyen en un santiamén. Depende de la Musa indecisa, presta a su aquiescencia en el mundo de los mortales.
La Serie "Puzzles de la Musa" son 20 acuarelas sobre papel, la mayoría de 48 x 57 cms. realizadas entre junio y octubre del 2007.
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